Yin y Yang, los polos de la energía

Yin y yang, los dos polos de la energía

   La noción del yin y el yang está estrechamente vinculada a la tradición taoísta de China, aunque también está integrada en el budismo y en vedanta advaita hindú. Describe dos fuerzas opuestas, complementarias e interdependientes presentes en todo el universo, los dos polos de la energía cósmica o universal, simbolizando originalmente el yin la cara menos soleada de una montaña, la norte, y el yang la vertiente sur y más soleada. Lo yang y lo yin son los extremos en los que se manifiestan las cosas, y están asociados, de forma general, a lo masculino (yang) y lo femenino (yin), aunque estas relaciones se extienden a todos los ámbitos, desde el ciclo de las estaciones hasta el funcionamiento del cuerpo humano. En lo referente al universo y la naturaleza, el yin representa la tierra, la luna, lo sombrío, lo interno, la noche, el agua, lo denso y pesado, lo descendiente, el reposo, la calma y la lentitud, mientras que el yang simboliza el cielo, el sol, lo luminoso, lo externo, el día, el fuego, lo sutil y ligero, lo ascendente, el movimiento y la actividad.
   Por lo que se refiere al cuerpo humano, y entre otras muchas asociaciones, lo yin se refiere al interior y a la parte baja del cuerpo, a la cara anterior, a la materia, a la sangre, al descenso, a la entrada y al almacenamiento; mientras que el yang representa la parte superficial (la piel) y alta del cuerpo, la cara posterior (la espalda), la energía, el qi, el ascenso, la salida y la movilización. Esta polaridad no significa enfrentamiento o lucha de extremos irreconciliables, sino la simple manifestación cambiante de algo indivisible (el Tao).
   El yin y el yang están sujetos a tres leyes: la oposición, la unidad y la transformación, manteniéndose con ellas un equilibrio que da origen al despliegue armónico de la vida. Puede contemplarse, por ejemplo, con el devenir de los ciclos estacionales: el invierno, yin, es el anticipo del verano, yang. O al contrario, el declive del yang del verano, con la llegada del otoño, con un mayor componente yin, es la antesala del máximo yin del invierno.

Un concepto ancestral de la cosmovisión taoísta

   La idea del yin y el yang es antiquísima en la tradición china y, aunque ya se empleaba al menos desde el siglo VIII a.C, son los autores clásicos del esplendor del taoísmo, especialmente Lao Tzé y Chuang Tzé, quienes la dejan perfectamente definida y la convierten en uno de los pilares de la filosofía y de todo el entramado cultural chino, extendiéndose incluso a los fundamentos de su medicina, basados en la interrelación de ambos fenómenos.
   Según la comprensión taoísta del universo, el Tao es el principio supremo, lo Absoluto, un estado de perfección que precede a la manifestación y que a la vez la impregna por completo. El Tao, lo no-manifiesto, se va concretando en lo Uno, que a su vez da vida al Dos, a los dos polos dinámicos de la creación, que con su interacción y cambio permanente dan origen a todas las cosas. Lo explica el famoso capítulo 42 del Tao Te King: “El Tao engendra al Uno, el Uno engendra al Dos, el Dos engendra al Tres, y el Tres engendra los diez mil seres”. El Dos representa la polarización del qi original: el yin, pesado, desciende y da origen a la Tierra, lo contrario que el yang, ligero, que asciende y origina el Cielo. En este caos primigenio en el que se dan los primeros atisbos de la manifestación, el yin y el yang se irán interrelacionando para dar origen al Tres (el tai ji), el “principio supremo” o el “gran extremo”, que a su vez dará origen a todas las cosas.
   Los movimientos del chikung se ajustan a estos flujos cambiantes del yin y el yang en el cuerpo humano, buscando la armonización en todos los niveles, desde lo físico, a lo emocional o espiritual. Persiguen la vuelta a un equilibrio perdido, la restauración del devenir natural de ambos polos en todos los sistemas del organismo. De esta forma retornaremos a un estado original de plenitud y bienestar que sintoniza de forma armónica con el fluir de la vida.